Una tarde de octubre, los tres tomábamos vermú en una barra de Cava Baja.
Al lado, dos turistas franceses pagaban 18 euros por una paella congelada en un sitio con menú plastificado en seis idiomas. Sonreían educadamente. Se sacaban una foto. Decían «très bon» sin convicción.
Y nosotros pensamos: este no es el Madrid que conocemos.
Los tres habíamos vivido fuera. Hemos comido en Roma, en Lisboa, en Lyon. Volvíamos a Madrid y nos parecía evidente: aquí se come mejor que en casi cualquier sitio.
Pero los que vienen no lo notan. Porque acaban en los sitios equivocados.
No es culpa suya. Madrid no se enseña. Madrid se masca con un madrileño al lado que te dice «aquí no, vamos dos calles más adentro».
Esa noche decidimos hacer eso. Coger a la gente que viene a Madrid y llevarla donde no irían solos. A las barras donde el camarero te corta el jamón sin preguntar. Donde el vermut sale del grifo. Donde la tortilla se discute en serio.

